La tierra de la desolación

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Johan

Re: La tierra de la desolación

Mensajepor Johan » 09 Abr 2017, 23:04

La bandada de azores manchados continuaba acosando a los tres compañeros. La reacción del pequeño grupo estaba comenzando a dar resultados y varios de los pajarracos habían caído, por lo que la banda estaba disminuyendo considerablemente. Quizá si conseguían eliminar a unos cuantos más el resto de aves desistiese en su empeño por hincarles el pico, aunque a decir verdad, Johan jamás se había topado con un manchado que tirase la toalla a la hora de atacar. Los manchados no solían cansarse, la rabia les dominaba hasta tal punto de convertirlos en tenaces rivales, y no precisamente por su poder.

Agitar la espada en el aire resultaba una táctica necesaria, aunque carente de toda técnica. El movimiento del arma evitaba que muchas de las aves se acercasen demasiado al viejo, aunque no lograba ahuyentar a todas. De vez en cuando alguno de los azores lograba esquivar el acero para llegar hasta la cabeza del anciano y asestar un doloroso picotazo.

Por otro lado, Demris y Cordelia lidiaban contra los manchados con los recursos que cada uno tenía a disposición. Salvo por algún que otro momento crítico, parecían desenvolverse bien. A Johan le hubiese encantado prestarles ayuda, pero bastante tenía con salvar su propio pellejo como para andar auxiliando al resto.

Además, mantenerse en pie sobre la deslizante superficie helada era un reto a tener en cuenta. De vez en cuando el anciano daba un traspié que le hacía desestabilizarse, pero se las arreglaba para no caer estrepitosamente en lo que podría ser una caída fatal.

Cada vez quedaban menos rapaces en torno a sus cabezas. Johan sujetó con firmeza la empuñadura de la espada con la intención de acertar en la próxima ave que decidiese atacarle. Y así lo hizo. Uno de los azores se lanzó en picado hacia su cabeza, a lo que el veterano guerrero encontró una buena oportunidad para partir al ave en dos. La hoja rebanó una de las alas del azor, que se estrelló junto a sus pies revoloteando alocadamente. Johan la apuntó con el extremo de su espada y la pinchó hasta acabar con ella. Hasta en tierra podían ser peligrosos si se les dejaba vivos.

En ese instante, el resto de aves aprovecharon para seguir atacándole, a lo que el viejo no tuvo más remedio que responder con más golpes de acero. De vez en cuando acertaba, otras veces sólo las golpeaba sin causarles mayores heridas, pero una cosa estaba clara, el número de la banda se veía reducido poco a poco a medida que los tres compañeros iban acabando con los pajarracos.

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Cordelia Berbedel

Re: La tierra de la desolación

Mensajepor Cordelia Berbedel » 10 Abr 2017, 10:19

El plumaje de aquellas aves, opaco, con tintes azulados era hermoso. Incluso con las heridas y pústulas, los signos inconfundibles de la enfermedad y la mancha, seguían siendo unas aves magnificas y terribles, sobre todo en aquel paraje. A le hechicera le hubiera encantado poder observarlas sin tener que implicarse, invisible como un espectro pasearse indemne por el combate, y observar sus garras filosas, sus picos en gancho, o las magnas alas que batían con ahínco y les permitían soportar y moverse a gusto incluso con ese viento atroz que la zarandeaba. Pero no podía, por no ser capaz, ni siquiera había logrado mantenerse erguida soportando el envite de esos seres alados.

Por lo menos la pequeña bruja había sido capaz de conjurar, contra viento y el asedio constante de aquellas aves cazadoras, y lenta pero inexorablemente la magia crepitaba y se arremolinaba en alrededor de su extremidad enguantada. Escondida en la capa de piel de lobo, casi hecha una bola, quedaba protegida de las garras y picos, que arrancaban mechones de pelo a la prenda de bestia muerta, y cuyo grueso cuero era una protección más que decente. Luego le agradecería al anciano por su oportuno regalo, había resultado ser sumamente previsor, aunque quizás, más incluso de lo que el mismo se había dado cuenta cuando había hecho aquellos pequeños preparativos.

Una vez más, la chica tuvo que usar su propio cuerpo de carnada. Saltar para atrapar a los azores era una necedad, no solo por tener que ponerse en pie en esa resbaladiza y ventosa posición, a riesgo de que el viento la empujara, sino porque un mal salto podía precipitarla al vació, y además, con escasas posibilidades de llevarse a alguna rapaz en el intento.
Por ello simplemente observó encogida como se abalanzaban y tironeaban del cuero, sus garras, preparadas para enganchar bien a las presas, y algo corvas, hacían que fuera algo difícil que la soltaran rápido, y cuando una enganchó el ovillo cerca de donde escondía la mano, sacó esta para tocar al ave.

El pájaro se soltó subió como si nada, la enfermedad tardó en extenderse, pero pronto las plumas empezaron a caer de su cuerpo, creando una hermosa lluvia negra y azulada, siendo mecidas violentamente por el viento. Cordelia se tomó el lujo de atrapar un par de ellas y guardarlas dentro de su capa, se había encaprichado demasiado de esas aves para dejarlas solo en el recuerdo.
Aquel pájaro maldito empezó a volar de forma errática, a atacar mal y golpearse con las rocas, como si no viera bien. A los pocos segundos no pudo seguir peleando contra el viento, y una mala ráfaga lo estampó virulentamente contra las rocas, rompiéndole varios huesos. Cuando su cuerpo, preso de estertores, se precipitó por el vacío del peñasco, aún quedaba de su vida algún que otro aliento.

Del suelo agarro en el puño varias piedritas, mientras para hacerse con algo de espacio, y empezó a arrojarlas a la bandada, para que se mantuvieran a distancia, de aquel modo, no llegaban a acercarse demasiado, o las hacía recular y desviarse, una estrategia que solo servía para darle un poco de tiempo, y que no lograba mantener a todas las criaturas lejos, pero era lo bastante certera como para que no fueran más que algunos golpes soportables, o arañazos ligeros lo que sufriera su frágil anatomía por parte de aquellas bestias.

Cordelia se tomó menos tiempo esa vez para espiar de soslayo a sus compañeros, distinguía atenta sus esfuerzos con las orejas, los sonidos de las batallas que libraban a su lado, y el muchacho, poniendo las cosas en bandeja, directamente maldecía a aquellos pajarracos, o hacía crepitar su magia, lo que le indicaba a la joven que no debía preocuparse, por ahora, sobre el estado el médico, a quien no escuchaba llorar, pedir ayuda o chillar con dolor extremo fruto de alguna urgencia.

El anciano había dejado de gritar cual general, simplemente se limitaba a mermar las filas de su enemigo aéreo, el silbido de su acero al cortar el aire le indicaba a la hechicera que seguía blandiendo su espada, y de vez en cuando el sonido de un pequeño cuerpo impactar contra el suelo, que había mermado la bandada.
La chica no sabía si su mente la engañaba, o realmente era cierto, pero le daba la sensación de que cada vez había menos pájaros en el cielo.

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Demris

Re: La tierra de la desolación

Mensajepor Demris » 10 Abr 2017, 21:01

Aunque en algún momento habían parecido incontables, las aves comenzaban a menguar y ya no parecían ser una amenaza tan terrible. Definitivamente el estado de ser un Manchado hacía que cualquier criatura se volviera terrible, pero Demris podía percatarse de que ir por aquel camino había sido una buena idea, matar a esas cosas era fácil, al menos comparado con Manchados humanos, y parecía que la pelea terminaría pronto.

Estaba en estos pensamientos cuando las últimas de esas criaturas de pronto parecieron actuar de forma coordinada. Dejaron de lado a sus compañeros y se lanzaron contra la presa más pequeña, él. El chico intentó freírlas con una descarga psíquica, pero sólo alcanzó a una de ellas, mientras otras 2 se aferraron a su hombro y espalda y para intentar desgarrar con su pico y sus garras.

Demris se lanzó al suelo, aplastando a una de ellas con la espalda, pero aún quedaba la siguiente. Demris tomó su arma y, aguantando los rasguños, la levantó para ponerla en el pecho de esa cosa, la que no pareció siquiera notar la presencia del aparato. El disparo fue sonoro y retumbó en aquellos helados parajes, salpicando con un poco de sangre al chico.

El último de esos pájaros caía inerte al vacío.

Demris sangraba, pero no era nada grave. Nada que su magia no pudiera curar, al menos.

Mátalos.

El susurro ahora había sido más claro. El uso de la magia estaba cobrando sus costos y Demris sabía muy bien qué significaba ello. Aún tenía espacio para otros conjuros más antes de que la cosa se volviera peligrosa, pero iba a necesitar pronto hacer el ritual de la purificación o acabaría metido en problemas más grandes. Debían terminar con todo el asunto de la espada pronto, volver a la ciudad y buscar un lugar seguro en donde deshacerse de la corrupción.

Pero por ahora había otros objetivos más importantes.

Demris terminó de avanzar por el corredor de rocas y llegó finalmente a encontrarse frente a la entrada de la antigua villa. Caminó otros pasos hasta poder tocas las viejas y destruidas piedras de lo que alguna vez hubiera sido un arco de entrada, o quizás una puerta de una muralla. Todo estaba caído hacia el mismo lado, dirección que Demris sabía que debía ser en sentido contrario al crater de Artamaxus. Se decía que la onda de la explosión había sido tan potente que hasta había arrancado todos los árboles de raíz a muchos kilómetros a la redonda.

Bandada de Azores


Este desafío ha sido derrotado.

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Con el ataque de Demris ya los azores no son un problema. En este momento comenzará la exploración de las ruinas. Son libres de dirigir por ahora lo que van encontrando o dónde nos metemos. Demris los seguirá. Lo principal que encontrarán será simplemente casas destruidas, pero pueden agregar una de estas cosas (sólo una cada uno), si lo desean:
- Un subterráneo muy amplio.
- Un terreno con runas y símbolos mágicos tallados.
- Un cofre misterioso que parece intacto.
- Una torre que no ha caído por completo.
- Lo que parece haber sido un calabozo.
- Una casa que misteriosamente sigue bastante intacta.
- Un lugar con extraños restos humanos y animales.
- Un arma rota.

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Johan

Re: La tierra de la desolación

Mensajepor Johan » 11 Abr 2017, 19:31

Cuando la bandada de azores se dispersó, Johan se giró en todas direcciones, intentando cubrir cualquier flanco débil que pudiese quedar expuesto. Tardó un rato en darse cuenta de que las aves habían desaparecido y ya no eran una amenaza. Aún con desconfianza, bajó la espada lentamente hasta que la apoyó en la gélida roca, dejándose caer en ella mientras exhalaba agotado.

Ya no estoy para estos trotes— Se dijo a sí mismo, mientras se sentaba para recuperar fuerzas.

Casi de forma automática y con la intención de no perder demasiado el tiempo, limpió de sangre y plumas la hoja de la espada contra la tela de su pantalón. Luego oteó el perfil horizontal del filo y, pasando con delicadeza el dedo por el mismo, comprobó su puesta a punto. Apenas tuvo que dar un par de pasadas con su guijarro de afilar para dejar lista su espada —y su conciencia—.

Cuando quiso darse cuenta el niño ya estaba andando hacia las ruinas. Johan miró a Cordelia, señalando con la barbilla al mocoso, preguntándose si llegaría el día en que se dignase a avisarles cuando decidiese emprender la marcha, ya que tenía la mala costumbre de comenzar a andar sin mirar atrás.

Tardaron más de lo previsto en llegar, pues aunque parecían cercanas, el paraje nevado semi-desértico engañaba a la hora de apreciar bien la distancia. Pudieron comprobarlo cuando atravesaron el arco de entrada a la ciudad. El tamaño de los pilares que aún quedaban en pie eran inmensos en comparación a los de las ciudades actuales, símbolo y reflejo de la grandeza de aquella cultura.

El anciano observó los vestigios de lo que aquella ciudad un día fue, admirando —aunque no lo entendiese— las técnicas y estilos arquitectónicos, así como la belleza inherente a la roca, gravada en símbolos y runas que no supo leer, no sólo por el desconocimiento de la forma —no sabía leer—, sino también del fondo —el idioma—.

Deambularon por las largas y anchas avenidas de aquella ciudad fantasma. Las calles presentaban una distribución geométrica precisa y calculada. El diseño de la ciudad, así como la gestión de la defensa y los recursos de la misma era fruto de un estudiado método organizativo. Sin duda les llevaban años de ventaja en todos los aspectos, sin embargo, nada de aquello, ni siquiera su magia, pudo salvarles del cataclismo que los borró del mapa.

Se había hecho ya de noche, y la luz de los astros iluminaba la nieve para otorgar un falso día. La negra roca de las ruinas contrastaba con el blanco glacial del entorno, creando un paraje extraño y oscuro, pero a pesar de todo bonito. Sus pasos los llevaron hasta lo que algún día fue una plaza. En el centro de la misma había una gran esfera metálica, en cuya superficie parecía haber gravado un mapa erosionado. La esfera estaba dividida por líneas, como si fuera la división de los gajos de una naranja, y a su vez ésta estaba rodeada por anillos de forma dinámica. El anciano observó aquella construcción sin entender qué representaba ni qué misterio guardaba. Quizá en la antigüedad aquellos objetos tuviesen un significado ya olvidado, un significado que murió el día en el que la piedra cayó del cielo.

Siguió caminando detrás del niño y sin perder de vista a Cordelia, que cerraba la retaguardia. De vez en cuando se detenían para inspeccionar, o simplemente por el gusto de observar el entorno. En uno de los altos, Johan observó algo relucir entre las rocas. Al principio decidió ignorar aquél brillo muerto que destacaba por encima del mate carbonizado de la negra roca, pero después de unos instantes decidió comprobar qué era.

Cuando llegó al montón de bloques derruidos distinguió una forma altamente familiar. Se trataba de la empuñadura de un mandoble semi-enterrado en los escombros. El brillo procedía de la hoja, que a pesar de estar cubierta por una capa negruzca de ceniza y polvo, tenía la propiedad de destacar. El anciano sintió la tentación de extraer la espada de las rocas, pero reprimió el impulso.

Un nuevo impulso de empuñarla latió en su pecho, moviendo instintivamente su brazo. Por un lado, se trataba de un arma del pasado, quizá la presteza y avance tecnológico de aquella extinta cultura estuviese reflejado también en el arte de la forja. De ser así, podía encontrarse ante una pieza única en comparación con las espadas actuales. Sintió el deseo de empuñarla para comprobar su equilibrio, ligereza o dureza. Pero por otro lado, ¿Y si se trataba de una trampa y aquella espada estaba maldita? Mejor no confiarse.

Demasiada casualidad— Dijo en voz baja, descartando la posibilidad de que se tratase del espadón que estaban buscando.

Relleno una carga de mi espada.
Me decanto por la opción del arma rota.

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Última edición por Johan el 11 Abr 2017, 19:33, editado 1 vez en total.

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Cordelia Berbedel

Re: La tierra de la desolación

Mensajepor Cordelia Berbedel » 13 Abr 2017, 17:40

Cordelia tardo largos segundos en percatarse de que el combate había terminado, por precaución, y casi por defecto, como si temiera que una falsa confianza pudiera conllevarle algún perjuicio, permaneció en el suelo. Encogida como había estado durante toda la contienda, dejando que la gruesa piel le hiciera de escudo, no solo del frio, sino también de las filosas garras de las rapaces.
Cuando los tan esperados golpes de las aves, lanzándose en picado hacia su cuerpo, no aparecieron por un tiempo prudencial, se dignó a emerger un poco más de su escondite de cueros, y mirar alrededor, donde solo la sangre y las plumas manchaban la pureza de la nieve, y hacían brillar la roca opaca y oscura que emergía de entre el hielo.

Aun así, no se alzó la hechicera. Escurrió una de sus manos hacia el brazo herido, por dentro de las ropas húmedas por la sangre, ya acartonada por los gélidos vientos, y con una mueca de dolor, y algún que otro resoplido por aquella exploración basada puramente en el tacto, intentó discernir su estado. Sacarse el abrigo a la intemperie habría sido más práctico, pero habría acarreado perder el calor acumulado dentro del abrigo, para luego no poder recuperarlo fácilmente, y exponer su cuerpo a un frio intenso que podía terminar por enfermarlo.
Con retazos de tela detuvo el sangrado del brazo, y mantuvo la herida cubierta. No podía hacer mucho más en aquel lugar, sin ninguna fuente de calor, sin un refugio provisorio que le diera cierta calma, así que, con esa cura precaria y mínima, se dispuso a proseguir el viaje hasta que pudieran permitirse acampar.

-Cuando encontremos un lugar resguardado, agradecería hacer un pequeño alto ya que me herí el brazo. - advirtió a sus acompañantes, con tal de que fueran conscientes de su situación y estado, algo que podría resultar vital en aquel paraje. Había pensado en pedirle al mocoso su ayuda, pero Cordelia se había percatado de la gran cantidad de magia que había estado usando últimamente el pequeño, y no era ajena a las consecuencias del maná sobre el cuerpo. Ya que su herida no le impedía seguir viajando, no necesitaba de promover el exceso en el mocoso, o terminarían teniendo que parar tres días en alguna ruina con tal de purgarle.

Finalmente, completamente de pie, y volviendo a caminar, llegó a observar la población ruinosa que se alzaba sobre el blanco puro y mortal de aquel desierto. Su aliento se cortó por completo, como si su cuerpo ya no necesitara del oxígeno. Y el dolor del brazo pasó a un segundo plano, pues todo su interior empezó a ebullir con una emoción primitiva, que emergía de un lugar tan profundo que bien podía ser su alma.
Sus pasos sobre el resbaladizo suelo no eran firmes, pero sí sin descanso, y su avance no se detuvo un solo paso hasta que no quedó ante aquel arco de piedra, un portal a otro mundo, a un pasado que le era propio, y que le erizaba todo el vello.
Tal y como había hecho con el muro, colocó las manos sobre las estructuras. Su mirada perdida escrutaba cada muesca, cada resuello del viento entre las ruinas parecía evocarle frases de todo lo que allí había sido barrido y derrumbado.
La hechicera empezó a caminar con lentitud, como si aquello fuera un paseo, y no una misión, completamente embelesada por el simbolismo que entrañaba aquel lugar. Sus ojos oteaban todo con una fascinación cristalina, y la sonrisa que se ocultaba tras la bufanda era fácilmente intuible por las arrugas de dicha que se formaban en la pequeña porción de su faz que se mostraba entre la capucha y la lana.
De vez en cuando la joven se quedaba atrás del grupo, demasiado atrás, y desaparecía dentro de alguno de los edificios, se internaba tanto como podía en aquel lugar, y volvía a emerger, siguiendo las pisadas para dar alcance a sus compañeros.

La noche empezó a cernirse en su deambular por los callejones de aquel paraje solo habitado por los ululantes vientos y los fantasmas, y ahora por su presencia, que la hechicera esperaba no fuera ni efímera ni eterna.
Su mirada ambarina se apartó de la huella de su gente entonces, por primera vez en todo el rato, y pasó del cielo que se oscurecía por momentos hacia sus compañeros.
-Quizás deberíamos buscar algún edificio más o menos sólido y usar su punto elevado para ver si localizamos las luces de la espada. -Comentó en un tono claro que parecía más fuerte de lo que realmente era ahora que solo el silencio reinaba en aquel poblado, así como el crujir de sus pasos sobre la nieve, o el viento que rompía con los edificios y fluía más suave que en los riscos que hacía rato habían quedado a sus espaldas.

La joven estaba dispuesta a encargarse de aquel menester, y a su pesar se obligó a contemplar los edificios a lado y lado con un criterio crítico y práctico más que otra cosa. Por otro lado, también buscaba entre los edificios algo que les sirviera como refugio, pues a medida que avanzara la noche el frio se haría más incipiente, y este también había crecido como mas distancia ponían entre ellos y el muro. Cada noche era más cruda que la anterior, y aquella no parecía que fuera a ser la excepción a la regla.

La plaza central les dio la bienvenida con un asombroso descubrimiento, Aquel orbe inmenso, mapa del mundo descubierto en esa era pasada, cuyo metal parecía haberse erosionado por las tormentas y el tiempo, pero haber evitado el óxido, y aun no había quedado pulido por completo. La hechicera, atraída por esa construcción como si emanara algún canto de sirena, se acercó hacia la misma. Con las manos enguantadas empezó a barrer concienzudamente el hielo y la nieve de su superficie, y a descubrir con los ojos y las manos los contornos de la tierra, los ríos, las regiones y los caminos punteados que habían sido marcados en el metal.
La nieve que rasgaba con dedicación, y soplaba como volutas de polvo para que no se le pegara a los guantes caía en pequeños montones fino a sus pies, o se acumulaba como pequeñas estelas en sus ropas y su melena azabache. Los cristales más duros que hielo compacto los rompía con precisos golpes, y caían en pedazos que se resquebrajaban ante el impacto contra las losas del suelo.

La joven no se percató de que el anciano Johan se alejaba, estaba completamente fascinada con aquella esfera, memorizándola y admirándola con un fervor casi religioso, dispuesta a gravar en su memoria hasta el más pequeño detalle.

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Última edición por Cordelia Berbedel el 13 Abr 2017, 17:42, editado 1 vez en total.

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Demris

Re: La tierra de la desolación

Mensajepor Demris » 18 Abr 2017, 21:26

Caminar por las calles llenas de nieve se hacía difícil, no sólo porque los pies se hundían y se volvía necesario un esfuerzo adicional para dar cada paso, sino también por el aire frío que comenzaba a correr con más fuerza, arremolinándose entre las derruidas calles, metiendo aquel polvo de nieve por los ojos, los orificios de la nariz y la boca si uno tenía la osadía de hablar.

Demris había experimentado un clima similar en Kalorei, pero al menos en la isla había una temporada calurosa. En ese lugar, según decían, el verano no había vuelto a entibiar los parajes desde que aquella bola de fuego hubiera acabado con el legado de su pueblo.

El chico elevó la vista. El cielo allí siempre estaba gris y no era difícil notar hacia dónde se encontraba El Pozo. La constante columna de aquella especie de vapor gris, como polvo o humo sin cesar, indicaba con claridad desde dónde la misma muerte se alzaba. Algunos decían que esa columna de humo, polvo y ceniza era la responsable de tanto frío, pues no dejaba que el sol nunca alumbrara plenamente. Demris comenzaba a pensar que tenían razón.

Siguió a Cordelia. La chica, aunque no herida de gravedad, tenía sangre a causa del ataque de los pájaros. Hasta el pequeño podía darse cuenta que estar herido era malo, pero que estarlo a muchos kilómetros de los últimos rastros de civilización, en tierra hostil, era muchísimo más dañino y requería de atención.

Una vez estuvo junto a ella, Demris estiró su mano, juntando energía positiva en ella. No fue difícil obtener emociones agradables, pues el asombro de estar en ese lugar casi sagrado ayudaba bastante.



Una espada rota extraída desde esos parajes podía ser un objeto muy valioso para coleccionistas, especialmente en Kalorei donde cualquier vestigio de la antigua civilización podía ser considerado de altísimo valor, sin embargo el hecho de que brillara ante la presencia de Manchados, como estaba a punto de descubrir el anciano, sin duda la haría mucho más atractiva.

Comenzó como apenas un brillo, un resplandor que fácilmente podía confundirse con el reflejo de la luz desde el blanco de la nieve, pero que pronto se hizo más evidente. Era de un tono celeste, con variaciones hacia el púrpura. En algunas zonas en donde la espada tenía unos viejos grabados la luz parecía salir con un tono más intenso.



Cualquiera que los hubiera visto trepar por las rocas hubiera pensado que se trataba de algún tipo de reptiles, pero no era así. Tenían forma humana, al menos hasta donde era posible para un Manchado, portando armaduras y vestimentas Balor'an desgastadas, raídas, probablemente muchas de ellas rotas por la constante exposición al hielo y el viento.

El primero que vio Demris llevaba gran parte del torso desnudo, mostrando un cuerpo con músculos enormes, a pesar de las heridas que parecían ya podridas sobre su piel. Su hacha parecía capaz de partir al pequeño en 2 mitades fácilmente.

El segundo era más discreto, de cuerpo más pequeño, delgado, que portaba un viejo arco y tenía un carcaj con flechas.

Al tercero Demris no lo vio, no al menos de inmediato. Estaba más atrás que los otros, con una túnica que dejaba al menos una pierna completa expuesta, una pierna femenina, además de un báculo con grabados rúnicos.

Manchado con Hacha


Es un Manchado que claramente tiene mucha fuerza. Ataca cada turno reduciendo 1PD a personajes guerreros (como Johan), pero 2PD si ataca a un personaje más frágil (como Demris y Cordelia). No se puede dañar al Manchado con báculo sin que alguien haya atacado a este desafío la misma ronda.

PD: 2/2


Manchado con Arco


Es un Manchado con mucha precisión. Si no es atacado un turno, atacará con su arco a quien le parezca más peligroso.

PD: 2/2


Manchado con báculo


Es un Manchado que posee magia. Si no es atacado un turno, puede realizar un conjuro de los siguientes:
- Rellena todos los PDs de sus aliados heridos.
- Reduce 1PD a cada enemigo presente.

PD: 2/2


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Notas:
- La espada de Johan aumenta el daño que realiza a Manchados en 1. Este efecto sólo puede usarse cada 3 rondas (no es necesario usar cartas adicionales).
- Los enemigos no han visto a Johan aún, por lo que privilegiarán atacar a Demris o Cordelia si Johan no interviene en el combate.
Última edición por Demris el 18 Abr 2017, 21:28, editado 1 vez en total.

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Johan

Re: La tierra de la desolación

Mensajepor Johan » 21 Abr 2017, 17:54

El arma enterrada tenía una belleza inusual a pesar del deterioro provocado por el hielo y el tiempo. Johan se hubiese contentado únicamente con observarla, pues la prudencia ante lo desconocido le prevenía de cometer insensateces, sin embargo, cuando iba a darse la vuelta para volver junto a sus compañeros, el brillo proveniente del metal aumentó. El viejo volvió a fijar la mirada en la espada con cejas desconfiadas.

¿Qué demonios?— Exclamó al ver que aquellos destellos eran algo inusual.

El brillo original de la espada tiñó por completo la superficie metálica del arma, embriagando su contorno con un matiz celeste. La luz, en vez de reflejada, parecía emanar directamente de ella. El anciano notó cómo se aceleró su corazón. ¿Qué significaba aquello? Por un momento sopesó la posibilidad de que el arma fuese mágica y estuviese reaccionando ante su presencia. Quizá le estaba llamando para que la empuñase, o quizá todo fuese una ilusión que sólo él podía ver. Parpadeó un par de veces, dubitativo.

En ese mismo instante, un sonido intruso en la paz reinante de la noche lo alertó. No habían sido sus compañeros, el ruido provenía del frente, como si algo o alguien se aproximase a ellos. Johan se agachó de forma instintiva para evitar llamar la atención, intentó interponerse entre el ruido y la espada, para evitar que la luz celeste delatase su posición, y entornó los ojos para vislumbrar qué les acechaba en la oscuridad.

No tardó en localizar a dos figuras trepando por la pared de uno de los edificios en ruinas. Lo que más llamó su atención es que no iban hacia arriba, sino hacia abajo, como arañas, hasta llegar a la nieve. Fue entonces cuando distinguió que se trataban de figuras humanas. Una tercera figura emergió de la penumbra, detrás de las anteriores. Se movían a paso enérgico y decidido, pero de una forma extraña, impropia de humanos. Johan no tardó en identificarlos como manchados.

Los tres manchados caminaban con presteza hacia Demris y Cordelia, sin sigilo ni estrategia que persiguiese acecharlos por sorpresa. Su intención era clara, iban de frente a por ellos, a matarles.

El tiempo se agotaba, tenía que hacer algo pues, aunque a él no le habían visto, si no intervenía podía poner en grave riesgo a sus compañeros. Otro hubiese sopesado la idea de escabullirse y salvarse mientras los manchados asaltaban a sus compañeros, pero para Johan aquello no era una opción. Sin pensarlo dos veces, extendió su mano hasta alcanzar la empuñadura de la reliquia enterrada y tiró de ella, extrayéndola de aquella mezcla de arena y nieve. La sensación que tuvo al sostener aquél arma quebrada era de extrema ligereza, como si hubiese sido forjada para la mano de un niño. La blandió tanteando su manejabilidad, y se lamentó el hecho de que le faltase parte de la hoja, pues de este modo era imposible percibir el equilibrio que tendría estando acabada.

Volvió la mirada hacia sus compañeros e identificó una ruta entre los escombros para llegar hasta ellos sin llamar demasiado la atención. La noche podía ser una gran aliada si sabías moverte sin hacer demasiado ruido. Únicamente se escucharon, rápidos y veloces, los crujidos de la nieve al ser pisada.

Los montones de escombro, los pilares que aún quedaban en pie y alguna que otra pared sin derruir sirvieron a Johan de obstáculo para las miradas de sus adversarios. Aumentó su velocidad al temer que el primero de los manchados —armado con un hacha, más corpulento y bruto que los otros dos— pudiese llegar hasta sus amigos.

El manchado, a punto de alcanzar a sus objetivos, alzó su arma con la intención de aniquilarles en una brutal carga. Cuando el hacha de combate llegó a su punto más alto, sufrió un pequeño embiste por la espalda y un pequeño triángulo celeste emergió de su pecho. Johan volvió a empujar, clavando aún más hondo la reliquia en el manchado por su espalda.

El anciano se sorprendió por la facilidad con la que aquella hoja había penetrado en aquél cuerpo putrefacto. Sin duda parecía tener una facilidad especial contra aquellas criaturas infernales.

Uso el efecto de la espada rota, provocando 1 PD adicional.

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Cordelia Berbedel

Re: La tierra de la desolación

Mensajepor Cordelia Berbedel » 22 Abr 2017, 13:29

Cordelia bajó la mirada de la esfera al muchacho, cuando volvió a sentir esa paz y tranquilidad que acompañaban los cuidados mágicos que era capaz de propiciar, en una mezcla de agradecimiento y preocupación.
-Demirs.-Su voz era clara aunque el viento los azotaba, y la bufanda ocultaba sus labios.- Gracias. Pero debes tener cuidado. - Le advirtió la joven, con el mismo tono cantarín y dulce que le era tan propio, y que parecía ignorar la severidad del paisaje que los envolvía. - Aunque quizás podamos encontrar un lugar donde limpiar la corrupción de tu magia, pasar tres días aquí encerrados en algún lugar y quietos puede ser peor que una herida. Intenta reservar tu magia. – Aconsejó la joven. Objetivamente, los dos magos podían prescindir de la utilidad de un brazo, pues con una sola mano era suficiente para conjurar, y manejar el artilugio del pequeño. Las piernas eran imprescindibles para correr, y moverse sin retrasarse.

Por un instante parecía que la doncella iba a volver a posar su mirada sobre aquel orbe que iba descubriendo palmo a palmo, pero se detuvo a medio giro para volver hacia el pequeño. – Tal y como van las cosas, guarda tu magia todo lo que puedas, y si no estás seguro, pregunta y lo hablamos en el momento. - Le ofreció al pequeño, sin revelar que poseía algún que otro suministro que en la calma podía servir para evitar que tuviese que usar sus artes para dichos menesteres. No era mucho, pero sería un granito de arena más, en una situación en la que cada hechizo contaba.

El crujir de la nieve no la altero en un inicio, aunque escuchó los pasos algo lejanos. No sabía la hechicera que se trataba de manchados, por lo menos hasta que escucho el segundo par de pasos, de otra de esas criaturas hacer pie en la plaza. Fue entonces que se giró para contemplar aquel trío putrefacto que se les acercaba, con la mancha como estandarte, para regar aquel páramo con sus cadáveres.

Cordelia miró a su alrededor, con cierta alarma, buscando al anciano, mientras empujaba al chiquillo detrás del obre metálico para protegerlo de la vista y el alcance de aquellos seres.
Reculó intentando apartarse de aquel que coronaba la marcha que los seguía, con la mala suerte de que resbaló sobre el suelo helado, cayendo aparatosamente sobre la nieve. Amortiguó el golpe con ambas manos, aunque este resonó por sus brazos haciéndole flexionar los codos, y volviendo la labor de alejarse de aquel engendro, mucho más riesgosa, y vacua.
Un quejido de miedo quedó semi ahogado en su garganta, mientras la joven alzaba uno de los brazos para cubrirse del inevitable impacto, con los ojos casi cerrados.
La hechicera se preguntó, por unos instantes, como se iba a sentir morir, hasta que su mirada captó el brillo que emergía del pecho de su atacante.

Cordelia bajo el brazo, anonadada. Tardo unos instantes en percatarse de lo que había ocurrido, y de la presencia del anciano tras aquella bestia, de que estaba a salvo de aquella mortal hacha, y de que ese ser todavía podía caérsele encima. Por lo que presta, rodó por el suelo como una croqueta, buscando alejarse de aquel bicho sin resbalarse en el intento, y no dar más posibilidades al destino para que le clavara ese acero.

Se detuvo lejos de aquel primer ser, pero más cerca del segundo, que se erguía a poca distancia con un báculo, y viendo como este empezaba a moverse con la claridad de la conjuración inconfundible para cualquier versado en la magia, se puso en pie con suma torpeza, y se abalanzó hacia el mismo sin ninguna clase de gracia, agarrándole el bastón con ambas manos y tirándole del mismo hasta arrancárselo de las manos, más por lo inesperado de su gesto que por que poseyera verdadera fuerza.
Con aquel instrumento entre sus manos, empezó a golpear al manchado como si fuera un garrote, lastimando más por su vigoroso empeño, que porque fuera poseedora de destreza o potencia.
Lamentándose, una vez mas, de no ser poseedora de ningún acero. Era imperioso que aprendiera a utilizar alguna arma más allá de su magia o del veneno.

  • astuto
  • Acción
  • calmado,corrupcion,perceptivo,fragil
  • Mano
  • ninguna
  • Heridas

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Demris

Re: La tierra de la desolación

Mensajepor Demris » 22 Abr 2017, 16:41

Y nuevamente debían combatir.

De alguna manera cada vez que ocurría se hacía menos aterrador y más costumbre, como una tarea más a realizar dentro de las labores diarias. Aún podía recordar lo aterrador que había sido la primera vez que había enfrentado a un Manchado a solas en el bosque, sin ningún adulto que le protegiera, pero de eso ya había pasado mucho, incluso para alguien tan joven.

Como fuera, no lograba acostumbrarse a lo desagradable de la apariencia de esas cosas.

Cordelia le había indicado que no abusase de su magia y tenía razón, el uso excesivo de la magia venía con un costo y no sabía realmente cuánto más debían luchar y mantenerse con vida en ese paraje. La espada que buscaban aún no daba señales de su existencia y, francamente, Demris ya no tenía tanto interés en ella como en volver a tierra segura, envolverse en una manta y tomar algún líquido caliente, algo como esa infusión de hierbas que le daban cuando era pequeño y aún tenía hogar.

Sacó su arma mientras miraba a su alrededor, tratando de hacerse una imagen clara del escenario en que tenía lugar el combate. Johan había acabado con un enemigo y 2 más eran visibles. Con los Manchados nunca se podía saber con certeza cuándo había uno más en las cercanías, pero de momento parecían tener la ventaja. Uno había sido atacado por Cordelia, aunque no acabado por completo. Probablemente una buena idea sería darle el golpe de gracia, mas los movimientos del otro daban a entender que estaba por realizar un disparo con arco.

La cosa parecía haber escogido a su objetivo, el anciano, preparando una flecha de manera cuidadosa en su arco y siguiendo sus movimientos, esperando el momento oportuno. Demris se lanzó en una rápida carrera, aprovechando que no estaba muy lejos, preparando su arma para la acción. Sabía que tenía poco tiempo, pero su puntería no era especialmente prodigiosa y temía errar el disparo si lo hacía de lejos, perdiendo su oportunidad, así que esperó hasta estar literalmente sobre el arquero. El Manchado se giró, queriendo cambiar de objetivo, pero el chico no le dio suficiente tiempo, apretando la pistola contra su odioso rostro.

Unas gotas de sangre mancharon el rostro y el brazo del niño, mientras que la bala reventaba la cabeza del enemigo, liquidándolo de inmediato.

Demris puso una sonrisa de satisfacción en su rostro. De alguna manera comenzaba a ser hasta divertido ver morir a los enemigos, aún cuando parecían tan humanos. Sabía que no lo eran, eran bestias sedientas de sangre y nadie podía culparlo de querer ver sus sesos esparcidos en la nieve, de incluso celebrar su muerte como quien anota un punto en juego de pelota mágica.

Uno menos —dijo orgulloso.

Con eso sólo quedaba uno de los enemigos en el lugar.

Demris caminó a paso decidido para ayudar a Cordelia a acabar con esa cosa, pero no alcanzó a llegar. La cosa que cayó en medio del campo, aparentemente saltando desde detrás de unas piedras caídas, captaba por completo su atención en ese instante.

Parecía ser una persona muy grande y musculosa, de poco más de 2 metros de altura y brazos que sin duda cada uno pesaría más que el niño completo. Llevaba unas pieles que hacían de protección y abrigo, muy similares a las que usaban los guerreros Balor'an al atravesar el muro. Cualquiera podría decir que sería uno de esos soldados, si no fuera por el inusual detalle de que la criatura tenía 2 cabezas. Una de las cabezas parecía pertenecer directamente al cuerpo, reflejando una persona de barba larga y rasgos agresivos. Le faltaba un ojo, pero el otro tenía el rojo sangre de los Manchados. La otra cabeza era más delgada, de piel más oscura y mirada atenta.

¡¿y Ahora qué?! —exclamó Demris, sospechando que ese enemigo sería más fuerte que los anteriores.

Demris tenía su atención puesta en la criatura, por lo que no pudo ver la sombra que se desplazaba más atrás, entre las ruinas.

Manchado con báculo


Es un Manchado que posee magia. Si no es atacado un turno, puede realizar un conjuro de los siguientes:
- Rellena todos los PDs de sus aliados heridos.
- Reduce 1PD a cada enemigo presente.

PD: 1/2


Manchado de 2 cabezas


Es un Manchado que posee 2 cabezas, cada una pensando por su cuenta y controlando a su manera el cuerpo. Porta un hacha de guerra.
Posee los siguientes efectos:
- Cuando recibe un efecto, como parálisis, aturdimiento, etc., se debe escoger a qué personalidad se afecta.
- Cada personalidad realiza un ataque distinto cada ronda.
- La personalidad del guerrero controla ataques físicos cuerpo a cuerpo. Los ataques hacen 1 herida, pero hacen daño extra a personajes pequeños como @Demris y @Cordelia Berbedel provocando una herida adicional.
- La personalidad del mago realiza ataques mágicos. Los ataques mágicos serán de electricidad y causan una herida. Recibir 2 ataques de este tipo causa aturdimiento.

PD: 10/10


Cuando realicen sus posts pueden relatar que reciben uno de los ataques del enemigo. Si nadie recibe ataques, yo los controlaré en mi post, donde privilegiaré lo que más le convenga al enemigo, luego de que Demris haga su acción.

Por ahora nadie puede saber qué es la sombra. Si alguno quiere adelantarse a conocerla puede gastar su acción en ir a encontrarla, pero al hacer eso no podrá atacar.



  • aquemarropas
  • Acción
  • pistolamejorada,psionismo,aliviopsiquico,gritomental
  • Mano
  • ninguna
  • Heridas
Última edición por Demris el 22 Abr 2017, 16:55, editado 1 vez en total.

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Johan

Re: La tierra de la desolación

Mensajepor Johan » 24 Abr 2017, 11:33

El manchado de torso desnudo se desplomó en el suelo, quedando Johan en pie, tras él, con la espada quebrada y luminosa en sus manos. El anciano miró aquél artefacto kalorei, preguntándose si una simple espada como aquella podía ser tan ventajosa, qué tan poderosa podría ser el resto de su cultura. La sangre del manchado se deslizó por la hoja hasta caer en la nieve, dejando ésta limpia y sin mácula. El acabado de aquél metal era preciso y meticuloso, incapaz de haber sido fabricado mediante forja, sino con magia.

Mientras tanto, el niño había conseguido volar la cabeza al arquero en una clara demostración de brutalidad. Sus pistolas eran realmente asombrosas. Según Cordelia no se trataba de artefactos mágicos, sino más bien cosa de ingeniería. De la manera que fuese, eran una gran herramienta cuyo manejo en manos de un niño le provocaba cierta inseguridad. Aunque, a decir verdad, Demris ya manejaba magia, que era mucho más peligrosa que aquellas "pistolas".

Cordelia se estaba encargando del manchado del báculo. A pesar de no tener armas, como Demris o como él, la chica sabía defenderse. Lo más impresionante era que no siempre hacía uso de su don, sino que la mitad de las veces se las valía de la fuerza física, alimentada básicamente por su temperamental carácter. Johan no era muy ducho en mujeres, pero sabía diferenciar claramente a las de naturaleza indómita. La muchacha había conseguido arrebatar el báculo al manchado, y eso que iba desarmada. Si al menos contase con un objeto cortante con el que materializar su rabia las tornas podrían cambiar a favor de los tres héroes.

Johan asió la reliquia brillante con una mano. Pesaba tan poco que hasta el delgado brazo de Cordelia podría blandirla sin problema. Sabía que la chica no tenía instrucción con espadas, pero no había que ser ningún genio para saber que había que clavar la parte afilada.

¡Cordelia!— Gritó el anciano —¡Agarra ésto!

El anciano lanzó la reliquia por los aires en dirección a la muchacha. Él ya tenía su propia espada, el niño tenía sus pistolas, y ahora ella tendría algo con lo que hacer mucho, mucho daño.

¡Considera ésto tu primera lección!— Anunció con un humor un tanto pésimo —¡Machácalo!

Mientras tanto, una cuarta pieza apareció en el tablero. Johan no pudo verla, pero puso sentir la tierra temblar cuando ésta cayó de donde quiera que saliese. Era un guerrero bicéfalo cuyo tamaño doblaba a cualquiera de los presentes. Parecía ser un experimento demoniaco, algo parecido a las quimeras. Sin duda su presencia heló la sangre a todos los presentes.

El anciano miró a sus compañeros con cierta preocupación. Ambos estaban junto al manchado del báculo al que pronto darían muerte. Los brazos del bicéfalo portaban un hacha que bien podía acabar con ellos de un golpe. No podía permitir que el nuevo enemigo atacase a Cordelia o a Demris pues, aunque no dudaba de su valor, sí de sus pequeños cuerpos. Si alguien debía sufrir las embestidas de la cabeza física, era él. Dejaría la parte mágica a los magos.

Yo me ocupo de la parte guerrera— Propuso a sus amigos —Vosotros de la parte del brujo— Asintió esperando que lo hubiesen entendido. Luego miró a Cordelia sujetando la empuñadura de su espada, mostrándole la forma correcta de blandirla —Siempre entre tu enemigo y tú. Eso es.

Dicho aquello, avanzó cauteloso para interceptar al guerrero bicéfalo. A medida que se aproximaba a él notó cómo sus piernas flaqueaban a cada paso. No era frío, era miedo. Mientras no quedase totalmente paralizado por el pánico todo iría bien, el miedo era bueno; Agudizaba los sentidos, aumentaba la velocidad, la resistencia y la fuerza, pero demasiado miedo podía tener un efecto contrario. El anciano escupió a un lado, diciéndose a sí mismo que era demasiado anciano como para tener miedo, o al menos demasiado como para exteriorizarlo delante de generaciones más jóvenes, por lo que encaró al guerrero con toda la valentía que pudo reunir en sus sesenta y tres años de vida.

El guerrero del hacha lo miró con sus dos cabezas, pero sólo una de ellas dio la orden de acabar con él. Uno de los brazos que portaba el hacha se ladeó un instante y tomó impulso para barrer al viejo de su camino. Johan clavó los pies en el suelo, intentando echar raíces en la nieve para absorber el impacto, y aguardó el golpe. La gigantesca hacha chocó contra su espada en un violento encontronazo y lanzó al viejo varios metros a un lado.

El guerrero se dispuso a seguir su camino, pero se detuvo al observar algo que goteaba de su brazo. Era un reguero de sangre negruzca que caía de forma cada vez más abundante. Al parecer el anciano había conseguido asestar un corte en el bíceps, provocando una hemorragia más profunda de lo que aparentaba. El manchado no pareció darle importancia, a pesar de tener el antebrazo totalmente mojado de su propia sangre.

Johan levantó la cara de la nieve y la agitó para recuperar la consciencia. Menudo golpe. Había conseguido bloquear el ataque, pero su fuerza no pudo compararse a la de su rival, por lo que había recibido un duro golpe. Le dolía todo, como si hubiese caído de un precipicio.

Paso la reliquia a Cordelia.
Recibo un ataque físico de la personalidad del guerrero.

  • hemorragia
  • Acción
  • espadamejorada,cortepreciso,armascortantes,melancolico
  • Mano
  • ninguna
  • Heridas

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